Antes de Iowa de Carolina Stegmayer

Desde el principio sospeché que había algo que me estaba escondiendo. No significa que siempre nos hubiéramos contado todo, todo lo contrario. Cada uno guardaba secretos pero eso no era un secreto entre nosotros. Desde fines de junio que notaba algo extraño.

Carlos había sido siempre un hombre de temperamento y temperatura. No necesitaba abrigarse y siempre estaba templado, calentito. Ese último invierno no lo reconocía. Mis pies helados se encontraban con los de él, también helados, sin darme consuelo. Adentro de casa no se sacaba la campera y cuando salía, sólo su nariz espiaba la calle, la puntita de su nariz respingada asomando entre el gorro de lana rojo y la bufanda que le tejí cuando nos casamos. Éramos jóvenes, yo tenía 19 y él 23. Enseguida quedé embarazada pero decidimos darle el bebé a su mamá que, con la partida de su único hijo, necesitaba una nueva ocupación o compañía; y en verdad, nunca quise que Francisco viviera con nosotros.

Un sábado cuando nuestro hijo tenía apenas 2 años, yo volvía de visitarlo en casa de Angelina, la mamá de Carlos y a un par de cuadras de la que también había sido su casa, me crucé con él en la calle y no me reconoció. Evidentemente caminaba sin ver a nadie para que nadie lo viera a él. Pasamos uno por al lado del otro. Yo lo miré pero él siguió de largo como si nada. Cuando quedó detrás mío, me di vuelta y lo vi alejarse caminando. Esperé que llegara a la esquina, esperé que se diera vuelta con una sonrisa. ¿Cómo no podía sentirme estando tan cerca? ¿Cómo podía no darse cuenta de que la mujer con la que dormía pasaba por al lado suyo? Lo corrí hasta la esquina y cuando salté para enganchar de su cintura mis piernas, se dio vuelta y me atajó del cuello todavía en el aire. Casi me desmayo. Cuando mis pies tocaron el piso y Carlos me vio, sin soltarme el cuello, me dio un beso y se puso a llorar. No volvimos a hablar de ese episodio y no volví a recordarlo hasta este invierno.

Volvíamos de dar un concierto en un pueblo chico, de gente amable y con ideas. Habían convertido la vieja estación de ferrocarril en un bodegón donde se podía comer, tomar y bailar todos los fines de semana. Íbamos por la ruta de noche, Carlos me había convencido de que era mejor viajar de noche, que no tuviera miedo. Casi no había autos ni luces. Escuchábamos en la radio este tema. Carlos fumaba y me convidó una pitada. Yo no sabía si podía estar embarazada otra vez pero igual acepté. Me gusta el mareo que produce el tabaco, más arriba del auto. Carlos me contó de un viaje que hizo con su papá cuando tenía 10 años. Me encantaban sus historias. Su papá había apostado en un parador, un barril de cerveza que decía tener en el baúl del auto. Claro que era mentira, entonces le pidió a Carlos en secreto en el oído que se subiera al auto y que se agachara en el asiento del conductor. Que pusiera la llave en el contacto y lo esperara un rato ahí afuera, listo. Carlos le hizo caso y se preparó sin dejar de desear que la partida se diera vuelta, que su papá se llevara la cabeza de ciervo que el dueño del bar había decidido empeñar. Si su papá no lo lograba, iría al auto a buscar el barril y al escuchar un golpe en el baúl, Carlos tenía que encender el motor y arrancar. Su papá alcanzaría de una corrida el asiento del acompañante y se haría cargo de los pedales unos kilómetros más adelante.

Por suerte Carlos nunca me había puesto en situaciones de ese estilo. Cantábamos, tomábamos algo y él se encargaba de arreglar los asuntos de dinero mientras yo lo esperaba en el auto, con los instrumentos cargados en el baúl pero en el asiento del acompañante, claro. Viajábamos bastante y cuando estábamos en casa yo me encargaba de coser nuevos trajes y pensar nuevos formatos para el show. Escuchaba la radio para estar al día con los temas de moda. Compraba pelo natural y cosía pelucas, para él y para mí. Podíamos ser rubios, pelirrojos o morochos de piel blanca.

Además Carlos trabajaba en el taller de marcos de Julio, un señor de más de 60 que hacía trabajos de carpintería pero también le encantaba dibujar y la música. Apenas mi marido empezó a estar raro, una tarde Julio vino a casa de sorpresa. Entró, le convidé una sopa de fideitos y nunca apagué la radio. Charlamos de cosas comunes, me preguntó por nuestro último viaje. Me contó que su hija se había recibido de médica. No me dijo nada ni le pregunté nada. Cuando se fue me pidió que no le dijera a Carlos de su visita. No entendí pero le hice caso, nunca le conté. Ahora supongo que él también estaría preocupado por mi marido pero que ninguno de los dos nos podíamos imaginar de qué se trataba.

Después de un mes sin que Carlos visite a Francisco, ya era agosto, le propuse que lo lleváramos al zoológico, que le pidiera el día a Julio que iba a entender. Nos despertamos a la mañana temprano y llovía. Decidimos no ir a buscar a Francisco, le avisamos a Angelina, pero quisimos ir al zoológico igual. El paseo fue hermoso. Cuando salimos del zoo nos dimos un beso delicioso. Me abrazó y me acarició la cara con una sonrisa. Me dijo que me amaba y le dije: “Yo también”. Tuve la esperanza de que todo volviera a ser como antes.

Caminamos unas cuadras, casi había oscurecido y seguía lloviendo. De repente dobló un auto en la esquina mientras cruzábamos la calle y frenó de golpe. Me encandiló la vista con las luces mojadas. No se podía ver quién manejaba. Carlos me agarro de la cintura y nos quedamos inmóviles un instante. Se abrió la puerta de atrás del coche, Carlos me soltó y se subió al auto. El auto me esquivó y se fueron. No sé cómo llegué a casa pero llegué, tomé una coca-cola y me fui a acostar. Me acordé de la cara de la jirafa mirándonos abajo de la lluvia, tenía los pies helados y pensé que Iowa era un lugar difícil de imaginar.

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